“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?”. Salmo 139:7.
Hace tiempo se implementó el sistema de control satelital de medición de velocidad en algunos países.
El objetivo que este tiene es ejercer presión en aquellos que nos gusta correr por las calles a andar con más prudencia, dentro de los límites de velocidad establecidos y reducir el índice de accidentes de tránsito que se pudieran presentar.
Algunos lo han visto como una forma en que las autoridades buscan agenciarse de ingresos poniendo multas, otros lo ven con molestia pues limita de alguna forma los excesos de velocidad a los que están acostumbrados.
Lo cierto es que este tipo de control fue establecido como un sistema de protección.
Similar percepción a la que algunas personas tienen de este sistema de control es el que en muchas ocasiones tenemos de Dios.
La figura del “policía cósmico” que está al tanto de lo que hacemos para dar un castigo lamentablemente es una idea errónea que muchas veces maneja nuestra mente.
Visualizamos las normas y reglas establecidas en su palabra como caprichos celestiales que coartan nuestra oportunidad de disfrutar la vida.
¡Qué alejados de la realidad nos encontramos!
La omnipresencia de Dios nos garantiza su cuidado, los límites que establece para nuestra vida son sinónimo de protección.
Tener la certeza en todo lugar que nos encontremos de la presencia de Dios debería ser un apoyo de resguardo en nuestras vidas.
Dios ha establecido normas y reglas no con el fin de perjudicarnos, sino con el objetivo de protegernos.
Protegernos de los excesos hacia los que naturalmente tenemos inclinación y que no hacen otra cosa sino perjudicar nuestra propia vida.
Protegernos de las amenazas que llegan a nuestra vida y que nos impiden desarrollarnos a plenitud en el potencial que poseemos.
Protegernos incluso de nosotros mismos y del corazón engañoso que poseemos y que nos mueve a hacer cosas en perjuicio de lo más valioso que poseemos… nuestra alma.
Los límites y el control que Dios tiene de nuestra vida están allí siempre, pero sigue siendo la libertad que él mismo nos ha otorgado lo que dará los buenos o malos resultados al final de cuentas.
Dios establece los parámetros, él mantiene la protección en forma constante, pero nosotros somos quienes tomamos la decisión final.
Amén.
Dios Te Bendiga.
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