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Cuando Jesús la vio… ©

“Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad”. Lucas 13:10-17.

Todas las sanidades que hizo el Señor son preciosas, pero hay una que destaca entre todas.

En ella se demuestra más que en otras su amor y compasión.

Cierta vez estaba el Señor Jesús en una sinagoga judía un día de reposo.

Como era la costumbre, a un lado del salón estaban los hombres y al otro, las mujeres.

El Señor estaba allí enseñando la palabra de Dios.

De pronto, su mirada se fijó en alguien que estaba en el sector de las mujeres.

Así que, interrumpió su enseñanza y dijo…

- ¡Eh, mujer!

- Tú...

- ¡Ven!

La mujer a quien señaló el Señor no pudo verlo de inmediato.

Tuvo que ser ayudada por su compañera de asiento.

Y aun cuando comprobó que se dirigía a ella, no podía creerlo.

¿Por qué a ella?

¿Y para qué?

Era una mujer muy especial.

No por sus méritos, sino por sus sufrimientos… tenía una seria enfermedad física, que le impedía caminar erguida.

Andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar.

¿Se imaginan lo que eso significaría para ella?

Ella tenía un solo panorama que ver todos los días… el suelo.

Para ella no existía cielo, ni pájaros volando, ni nubes con aspecto de corderitos, ni una hermosa puesta de sol.

Sólo veía el suelo, los charcos en la calle después de una lluvia, los pies de la gente, los perros callejeros.

Tampoco podía ver el rostro de las gentes cuando caminaba por la calle.

¡Y lo que es peor (qué pena tener que decirlo), a veces debía sufrir las burlas de los muchachos en las calles!

Vivía con una continua tristeza en su corazón.

Desde que se había enfermado, muchas veces había llorado delante de Dios para que la sanara o para que se la llevara, pero no había respuesta.

Aun en la sinagoga se sentía menospreciada.

Por eso, cuando Jesús la llamó, ella no podía creerlo.

Desde hacía 18 años, cuando se enfermó, sólo había recibido desgracias…

¿Qué bien podría ahora sobrevenirle?

Tímidamente avanzó al frente de la sinagoga.

El Señor la miró con ojos compasivos y sin preguntarle nada, ni comentar nada, le dijo…

- Mujer, eres libre de tu enfermedad.

- ¿Libre de la enfermedad?

Para la mujer esas palabras sonaban como música a sus oídos.

Sin embargo…

Más que las palabras, lo más maravilloso fue poder enderezarse.

¡Sí, se enderezó!

¡Y sin dolor, ni esfuerzo!

¡Ahora podía mirar a los ojos de las personas!

¡Qué distinto y hermoso se veía todo desde esta nueva posición!

¡Y sobre todo, qué maravillosa mirada la del Señor!

Su indignidad desapareció.

Su corazón dio un vuelco hacia la felicidad.

Su alma halló reposo.

Casi no se dio cuenta del altercado que a continuación tuvo el Señor con el jefe de la sinagoga por defenderla a ella, tanto era su gozo.

Pero sí pudo percibir que Jesús no sólo la sanó, sino que se expuso a la ira de esos hombres importantes por causa de ella.

¿No era maravilloso?

¿Lo merecía ella?

No, estaba segura de que no.

Sin embargo…

El Señor lo había hecho.

Ese día conoció el amor de Dios, el inmerecido amor de Dios.

¡Qué precioso es cuando un hombre, una mujer y también cuando un niño o una niña conocen el amor de Dios!

Este amor se puede manifestar de muchas maneras, no sólo en las sanidades y milagros.

¿Lo conoces tú?

Con esta enseñanza Nuestro Señor Jesús nos demuestra su gran amor y poder para cambiar y mejorar nuestras vidas.

No olvides nunca que el Señor conoce todas nuestras necesidades y sólo nos pide que creamos en él con todo nuestro corazón.

Amén.

Dios Te Bendiga.