“… los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan”. Juan 21:8, 9.
Este pasaje nos muestra un evento muy afectivo por parte del Señor resucitado.
El relato plantea que los discípulos desconsolados habían vuelto a sus labores normales.
Los que habían sido llamados a transformar el mundo se volvieron a la pesca.
Desconsolados y tal vez decepcionados al ver a su maestro morir destrozado en una cruz, comenzaron a vivir sin esperanza.
Esta situación no es menor.
Es la típica actitud de quien abandona sus sueños, sus creencias.
Había en los discípulos una sensación de derrota.
Ellos, que habían obrado milagros en el nombre de Jesús, que habían sido identificados con este carpintero sencillo, pero lleno de sabiduría y que impresionaba a las personas por su autoridad moral combinada con su misericordia hacia las luchas humanas.
Esta actitud me recuerda a varias personas, jóvenes y adultos, que no han sido capaces de mantener sus creencias en los momentos de crisis.
Algunos, abrazados por la juventud y sus cambios legítimos, se distancian de la cruz, vuelven a lo común y optan por el camino de vida de la amplia mayoría.
¿Qué hace Jesús, con este grupo de discípulos desencantados?
Se aparece en la playa y les prepara un desayuno cariñoso que consistía en pescado y pan.
¿Por qué lo hizo?
¿No hubiese sido mejor corregirlos públicamente?
¿Zarandearlos por su pasividad?
En este acto vemos una faceta olvidada del maestro.
El está pendiente de nuestras necesidades más básicas.
Reconoce nuestras luchas y a veces contradicciones.
Sabe de nuestros anhelos y con su presencia resucitada nos anima a relacionarnos espontáneamente con él.
Las mujeres ante la tumba, le abrazaron.
Los discípulos tomaron desayuno con él y luego entraron en un ameno diálogo.
Jesús ha resucitado y hay que disfrutar de su compañía.
Amén.
Dios Te Bendiga.
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